Del Día Que Tuve Ganas De Hacer Un Descalabro Cósmico

Hace
algunos años que colaboro con un plan extraterrestre del cual
desconozco su objetivo. Quizás quieran destruir nuestro planeta,
pero yo los ayudo porque si no me aburro. Me asignan misiones
especiales dentro de mis capacidades, y ocho veces me dieron textos
que debía publicar en mi blog.

Hace
unos días, una noche que no me podía dormir porque los grillos
estaban haciendo conciertos con sistema cuadrofónicos y orgías por
el techo de mi casa, una amiga extraterrestre vino a visitarme y me
llevó a conocer un planeta loquísimo. Quedaba a seis galaxias del
sistema solar. Antes de salir le ofrecí Sprite. Yo puteé por los
grillos. “A mí me gusta cómo cantan”, me dijo. “¿Qué carajo
tendrá ésta en el oído?”, pensé. “Aguante Jimi Hendrix”.

El
planeta al que me llevó era muy chiquito, de 500 kilómetros de
diámetro. Giraba alrededor de un sol, pero no sobre sí mismo, por
lo que siempre era de día. El lado oscuro no estaba habitado, todos
vivían al sol. Pensé que el Bambino Veyra querría poner toldos por
todos lados. Además, el planeta conservaba siempre la distancia
exacta al sol, por lo que su temparatura era constante y agradable.

La
peculiaridad de este planeta, de nombre impronunciable, era que sus
habitantes tenían resueltos los problemas de alimentación. Se
limitaban a tomar una especie de agua, que corría por miles de ríos,
que era perfecta: tenía todo lo que el cuerpo necesitaba y con eso
nunca se enfermaban. Al tener resuelto el problema de la alimentación, no habían
desarrollado la envidia ni la tecnología. No tenían celulares ni
Facebook ni ropa ni viviendas. Paseaban en pelotas, dormían en la
calle cuando les daba sueño, y se reunían a cantar y bailar, a
jugar y a divertirse. “Esta gente se dedica a vivir”, me dijo mi
amiga extraterrestre. El suelo de ese planeta era similar a un cómodo
colchón.

Eran
parecidos a los terrestres, solo que todos tenían en sus ojos un
brillito de felicidad que en la Tierra no se ve muy seguido. Nos
desnudamos y bajamos a dar una vuelta.

– ¿Y
no les angustia la muerte? – le pregunté

– No,
los que llegan a este planeta están en un estado evolutivo donde
saben que hay vida después de la muerte, por lo que se dedican a
pasarla bien. Es un planeta de grado de evolución medio. El calor,
el frío, el hambre, el dolor y los discos de arjona los reservamos
para planetas de poca evolución, como el tuyo.

De
inmediato me sentí contagiado con la alegría del lugar. Recordé el
sufrimiento de la Tierra, y a algunas personas que conocía que
estaban atravezando grandes desgracias. Recordé a una mujer que se
le había muerto su hijo, a un vecino al que le tenían que amputar
las dos piernas y a un amigo que es hincha de Racing. Me pareció
injusto que en la Tierra haya tanto dolor y en ese planeta tanta
joda. Le pregunté si podían traerlos a vivir ahí, pero me dijo que
eso era imposible.

Estábamos
sentados al lado de un río, charlando. Cerca nuestro, un grupo en
ronda cantaba mientras otros bailaban en el medio. A nuestra derecha,
tres chicas de voluptuosas curvas jugaban con algo similar a una
pelota de tenis. De repente la pelota cayó cerca nuestro, y una de
las chicas me hizo señas, con sonrisas, para que se la alcanzara. Me
levanté y se la arrojé, pero era de un material tan raro que la
pelota se elevó por arriba de ella y la pasé. Corrió tras la
pelota y, cuando se agachó para agarrarla, la visión fue tan agradable que me
tuve que acostar boca abajo porque me dio vergüenza lo que estaba
pasando, y le pregunté a mí amiga cómo manejaban el tema del sexo.

– El
líquido que toman es tan perfecto que a todos les da ganas de tener
sexo a la misma hora – me dijo -. Ocurre cada uno o dos días.
Además, el líquido regula quién debe quedar embarazada y quién
no, y los guía a elegir a las personas con la que se acostarán en
cada sesión sexual.

– ¡Ay,
mamita! ¡Orgías extraterrestres! ¿Puedo participar, no? – le
pregunté, sabiendo que debía agregar a mi listado un lugar más de
chicas con las que nunca había estado. Me faltaba Corea del Sur, Arabia Saudita, Lanús y ahora este planeta.


¿Estás loco? Un espermatozoide terrestre en un planeta como este
haría un descalabro cósmico. Ni lo sueñes.

– ¡Pero acabo afuera! – le dije, jugando mi última carta.

Nos
fuimos justo cuando empezaban a aparearse. Dos rubias se acercaban
hacia mí, mirándome con lascivia. Me paré en todos los sentidos y
comencé a caminar hacia ellas, pero mi amiga me hizo hizo una
doble-nelson y me obligó a subir a la nave. Desde la ventana,
observé con una mezcla de nostalgia y alegría como las parejas se
iban a formando y empezaban a copular entre ellas. Mi amiga me obligó
a ponerme la ropa y me dijo que yo debía aprender a controlar mis
instintos, que iba a tener que hacer un informe para la comisión de
no-sé-qué-mierda sobre mi conducta. “Escribí lo que quieras, qué
carajo me importa”, pensé. Un rato después estábamos en mi casa,
ya que la nave esa no se desplaza sino que se situaba mediante
complicados mecanismos de leyes espacio tiempo que los terrestres no
estamos capacitados para entender.

Quedé
solo y me puse a mirar el capítulo de Lost de esa semana, pero no lo
entendí. Y entonces los grillos comenzaron a cantar y me di cuenta
que no había grandes diferencias entre los grillos y los habitantes
de ese planeta. Saqué muchas conclusiones.

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