Breve Retrato Subjetivo De Lucía L.

El 3 de septiembre del 2007, en un recital de Charly García, Lucía L comenzó a odiarme. Me odió durante dos años y medio, pero yo recién me enteraría  ayer. La razón de su odio fue que me había encarado a su hermana menor con palabras inadecuadas. Yo ni siquiera lo recuerdo, pero debe ser verdad ya que siempre fui un desubicado y su hermana es muy linda. Quizás su hermana no se haya sentido tan ofendida como ella.

 

Conocí a Lucía L en los recitales de Charly García. Hoy ella tiene 20 años, lo que significa que cuando ella aún no había nacido, yo ya iba a ver a Charly. Lucía L fue a ver a Charly por primera vez en enero del 89, en la panza de su mamá. Catorce años después, su mamá estaba en los camarines de Obras del 2004, desesperada porque Lucía se había escapado de su casa para ir a Obras, y creía que estaba en el camarín. Lucía L estaba tomando un jugo enfrente.

 

 

Lucía L, descenciente de croatas, usa la palabra “peche” o “pechear” cada 3 minutos. Incluso es miembro de un grupo de Facebook que se llama “Me encanta usar la palabra Peche”. Esa palabra se aplica, entre otros casos, cuando decís que NO si te ofrecen alcohol, o cuando estás cansado y te querés ir. Ahí sos “re-peche”. Lucía L repite tanto esa palabra que, en su trabajo, la apodan “la Pechu”.

 

A pesar del odio que me había jurado, el destino nos volvió a cruzar en enero del 2010 donde, por amigos en común, tuvimos que pasar un fin de juntos en Mar del Plata. Cuando la pasamos a buscar, un viernes a la noche, después de una prueba de sonido de Charly, subió a mi auto y lo primero que dijo fue que queria ir a tomar cerveza. Lo repitió tantas veces que le tuve que decir: “Calmate, justo íbamos a hacer eso”.

 

Lucía L se quedaba en Mar del Plata hasta el domingo a la noche. Como eran sus únicos dos días de vacaciones, estaba empecinada en pasarla lo mejor posible. Así fue como marcó un nuevo récord Guiness: la única persona que se emborrachó 8 veces en menos de 48 horas.

 

La noche del sábado, Lucía L me dijo delante de muchos otros chicos que yo era feo. Pensé: “Debe ser verdad porque los borrachos siempre dicen la verdad. ¡Maldición! Y yo que me creía Steve McQueen”. Unos meses antes, en la cola de un recital de Charly en Rosario, le había dicho al padre de un amigo nuestro que le faltaban los dientes. Seguro que el tipo ya lo sabía, pero ella se lo tuvo que decir en la cara.

 

El domingo en el que se volvería a Capital, arrancó cuando me mandó un mensajito para pedirme que le devolviese el buzo que había dejado en mi auto. El mensaje decía: “Estamos en el mismo lugar donde cenamos anoche”. Yo iba caminando por la calle, sin saber muy bien por dónde. Me paré para tratar de ubicarme, y me di cuenta que estaba pasando exactamente por ese lugar. Entré. Ella estaba almorzando con una amiga, que justo le estaba preguntando: “¿Ya le mandaste el mensaje?”. Me vieron y no podían creerlo. Yo les dije: “Adoro la teletransportación”, porque ambas eran Aliadas y deberían saber por qué dije eso.

 

Nos fuimos para la playa, y en el camino Lucía L me insistió 1278 veces que parase en algún lugar para comprar Fernet. Por suerte, encontré un lugar antes de que me lo diga por vez nº 1279. Compraron Fernet, Coca Cola, hielo, conseguimos vasitos de plástico, y nos encontramos con otros amigos en la playa. Lucía L tomó un Fernet, se fue a meter al mar, volvió a tomar otro Fernet, volvió al mar, y repitió la operación más de 10 veces. También tuvo una charla muy interesante con una mujer que estaba en la playa, aunque
sospecho que la mujer no logró entenderla del todo. Entre otras cosas le explicó que ella odia a los que te manipulan la vida.

 

Cuando anocheció, todavía estábamos en la playa. Lucía L se subió a bailar a un escenario de más de dos metros, donde horas antes había tocado una banda. Yo estaba mirando para el otro lado, cuando un grupo de rezagados que se estaban yendo, gritaron: “Se cae… se cae… ¡SE CAEEEEEE!” Cuando me di vuelta Lucía L estaba planchada contra la arena: había caído de espaldas. Me asusté mucho. Lo primero que pensé fue que ya estaba viendo el tunel de Victor Sueyro. Luego de 30 segundos eternos donde tratábamos de reanimarla, Lucía L abrió los ojos. Pensé que se había quebrado todos los huesos. Miré una piedras inmensas que estaban al lado de su cabeza, y pensé que su ángel de la guarda había evitado que la cabeza caiga sobre esas piedras. Sobrevivió de pedo.

 

Minutos después logramos sentarla, aunque su cara era la misma que la de Lisa Simpson en el episodio que toma agua del parque de diversiones Duff. Le dolía todo el cuerpo y le habían bajado las 8 borracheras en 2 días a la vez, más el bajón de tener que volverse. La teníamos que llevar a la Terminal, y durante todo el camino me insistió para que pare en algún lugar porque quería tomarse la última cerveza, justificando su pedido con que “son mis vacaciones y quiero disfrutar”. A la vez, mientras yo manejaba entre un tráfico horrible, Lucía L me pedía fuego a cada rato. A mí me hubiese gustado tener un Chipote Chillón, como el del Chapulín Colarado, para pegarle en la cabeza porque ya no la aguantaba más. Cuando se bajó de mi auto, respiré aliviado y me fui a comer un asado con otros pibes. Después me enteraría que ese día se había quebrado dos vértebras.

 

Ahora, cambiando un poco de tema, y más allá de todo lo que acabo de bardearla, quiero contarle a los lectores que no la conocen que Lucía L es una chica muy culta. Debo contar esto porque de lo anterior parece desprenderse que es una borrachita perdida. Nada que ver. Le gusta MUCHO leer, y está bien encaminada en cuanto a sus gustos literarios, aunque por estos días se está dedicando a VERGA-Lloza. Estudia Comunicación Social,
trabaja y tiene valores nobles. Es muy observadora y se da cuenta quién es educado y quién no. En el futuro, será una docente combativa de la UBA, con mucha cultura general y una vida llena de anécdotas y experiencias desopilantes. Transmitirá sus conocimientos a sus alumnos con mucho entusiasmo.

 

(Nota Final: Estas son las cosas que suceden con los que me reprochan no aparecer en mi blog.)

Andrelo, el hermano de Tato, Lucía L, el H y yo en la puerta del Luna, Marzo 2010

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