Rememberin’ Holidays (“There’s A Fine Line Between Travellin’ And Becoming A Monster”)

(Dedico
este post a mis queridos escritores J.D.Salinger y Tomás Eloy
Martinez, que si no se hubiesen muerto en estos días y lo leyeran, seguro
lo aborrecerían.)

Hace
como 20 años tuve el deseo que, aunque sea durante mis vacaciones,
me pasaran historias similares a las que le pasan a Joaquín Sabina
en sus canciones.

En
Bariloche respiré libertad por primera vez.

En
más de 10 Villa Geselles, cuando los boliches cerraban nos
quedábamos con mis amigos correteando chicas por la 3, y me gustaba
tanto que me daba cuenta que estaba asistiendo al nacimiento de mis
nostalgias. Siempre me deprimía porque pensaba que esa era la última
vez, que ya no se repetiría, pero el tiempo me enseñó que Gesell
siempre da revancha.

En
Miami, a la salida de los boliches, prostitutas maleducadas y de mal
gusto te manoteaban el ganso mientras decían: “Argentinou,
¿quieres couger?”, mientras que en La Habana, ni siquieran se
llamaban prostitutas, eran reinas en simpatía y te hacían sentir
similar a Dios en el instante en que se le ocurrió el Big Bang.

De
un parque nocturno de Orlando me echaron por hacer algo “against
the law” (comprarle una birra a una argentina mayor de 18 y menor
de 21.) Varadero es una gilada para turistas que poco tiene que ver
con Cuba. Trinidad cumplía 500 años cuando la visité, y había
fiesta en las calles día y noche. Por unas moneditas, a precio
cubano, te vendían unas sandwichitos de carne de cerdo que eran una
delicia, y el baile callejero y las bandas tocando en las calles no
terminaban nunca. La fiesta tenía un nombre bien cubano: “Semana
De La Cultura”.

En
Pinamar vi a Charly García en varios barcitos, donde tocó porque
conseguimos un auto para llevar sus teclados, guitarras y parlantes:
el mío.

Cuando
me acuerdo de Río de Janeiro se me pone la piel de gallina de tanto
que me gustó esa ciudad. En Salvador de Bahía, más al norte,
comprobé que era verdad toda la magia con la que el GENIAL escritor
Jorge Amado pintaba ese lugar. En una isla cercana, llamada Morro de
San Pablo, estuve en el paraíso. Era una isla sin autos ni policía
uniformados, donde las nativas, que se reían todo el tiempo, te
llevaban a conocer los rincones más inconfesables de la isla,
mientras uno les enseñaba canciones de La Renga. Una noche había
una fiesta electrónica en una isla cercana, y fuimos en barco (la
otra forma de ir era nadando.)

En
Camboriú podíamos gastar a los brasileros, ya que cuando fui
habíamos salido campeones y subcampeones en los dos últimos
mundiales, y ellos no habían ganado nada desde 1970.

En
Madrid bebí por la zona de Aston Martins, donde comprobé que, como
dice Sabina, “hay más bares que en toda Noruega”. En la
cosmopolita Barcelona (o Barceloca) fui a boliches que abrían a las
7 de la mañana. En Sitches conocí el bar subterráneo de mi amigo
el Paleta, que tiene un cartel en la puerta que dice que abre a las
23:07 porque el Paleta llega 7 minutos tarde a todos lados. En Ibiza
dormí en el Titanic. En una isla cercana, Formentera, vi que el mar
era de diferentes tonos de violeta, y toda la gente estaba en bolas
totales (genitales al viento, nada de topless) A la noche, en los
bares, uno podía hablar con una italiana a la que a la que había
pasado toda la tarde en la playa mirándole la concha (pero
disimuladamente, eh.)

En
Londres fui de gira de bares desde las 5 de la tarde, cuando se
llenan con los que salen de laburar. Es verdad que a las 22:50 tocan
una campana para que te compres toda la birra que quieras porque
desde las 23 no venden más, pero te podés quedar con las que ya te
compraste.

En
Amsterdam, más allá de que todo es legal, me llamó la atención
que uno puede mear en la calle. Ponen en cada esquina una especie de
esquinero plástico que permite que 4 meadores puedan hacerlo a la
vez, mientras la policía te mira mear sonriendo. No tienen muy buen
olor, pero evitan un montón de problemas, ya que la ciudad esa vive
de fiesta. A la tardecita, volví al hotel a bañarme, y vi por la
televisión que el intendente de Amsterdam había estado bailando,
esa misma tarde, arriba de un camión lleno de gente. Están locos
esos holandeces.

En
Kolhn, Alemania, un amigo me había dicho que, a la noche, los subtes
estaban llenos de rubias espectaculares que iban escabiando y riendo,
que eso estaba permitido y lo hacían como una especie de previa. No
le creí porque mi amigo es exagerado, pero era re-verdad. Eran un
montón solo en nuestro vagón.

En
Santiago de Chile comprobé que es verdad que la policía chilena es
re-facha. No se curan más estos chilenos.

A
Mar del Plata fui a los 19 años, y cuando volví a los 38… tuve 19
otra vez.

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