Historia De La Mujer Que Solo Nombra Aquel Romance Cuando Se Agarra Un Pedo Triste

María
Elena Tortolero cantó tangos hasta que, poco antes de morir, se
enteró de una historia que la impactó tanto que ya nunca más pudo
cantar.

Era
linda María Elena, la santafesina. O quizás no era tan linda, pero
cuando cantaba tangos sacaba algo mágico de sus entrañas, y todos
los hombres que la escuchaban tocaban la puerta de la locura. En
aquellos tiempos en que el tango era solo cosa de machos, ella le
puso la voz y los ovarios al sexteto de Vardaro-Pugliese, hasta que
un día se cansó y se fue a vivir a Brasil.

Recaló
en Porto Alegre, donde consiguió trabajo en un cafecito mal
iluminado con menos de 20 mesas, que se llenaba siempre. Cada noche,
María Elena se vestía, se pintaba, y cantaba tangos con una voz de
alondra que había tomado un tono oscuro de callejón, tal vez allá
en su infancia santafecina, para turistas o para quién quiera
escuchar.

A
efectos de actualizar el repertorio, María Elena recorría
disquerías de Porto Alegre, porque en esa época no existía la
tecnología P2P. Una tarde, a principios de los 40′, consiguió el
último éxito del top ten porteño. Anibal Troilo y su Orquesta
Típica, con la voz de Francisco Fiorentino, la estaban rompiendo con
una composición de Homero Manzi: un tango llamado Malena que
estaba destinado a convertirse en uno de los más importantes de la
historia
. Hasta los
que sacaban viruta al piso se detenían a escuchar la letra de esta
canción. Por el parecido del nombre y la calidad del tango, María
Elena lo incluyó en su repertorio, y de ahí en más lo cantaría
todas las noches, en Brasil, en Cuba, y de regreso en la Argentina,
el lugar donde dejó de cantar.

Luego
de varios años en el cafecito, María Elena logró realizar unas
grabaciones en Brasil con Héctor Gentile. Ya en la década del 50′,
emigró a Cuba, donde había un boom del tango argentino. Allí se
casaría con Jenaro Salinas. Más tarde, cierta repercusión en La
Habana le conseguió un contrato con Radio El Mundo de Argentina, que
la trajo de regreso a Buenos Aires. En el medio de una gira murió su
marido, en 1957. Ella crepó tres años más tarde, el año en que
nació Maradona, pero todos los días cientos de personas que no la
conocieron la recuerdan.

Antes
de morir María Elena lo supo, y cuando lo supo casi le da un ataque
al corazón. Saberlo fue tan fuerte que, desde ese día, María Elena
Tortolero decidió no cantar nunca más. Lo que supo fue que, a
principios de la década del 40′, Homero Manzi, volviendo de un viaje
a Centroamérica, había parado en un cafecito de Porto Alegre, donde
había oído cantar a una mujer que lo conmovió, una mujer que
cantaba con la voz quebrada que produce estar lejos de su patria.
Algo escabiado, y envuelto en la nostalgia y la ansiedad de estar
volviendo a casa, esa misma noche, en el hotel en Porto Alegre,
escribió en un papelito un tango que ya había craneado en el camino
desde el cafecito al hotel: Malena.

(Esta es una de las versiones de la historia de la
canción. Otra versión dice que Malena era una vendedora de achuras
de Almagro. Creo que prefiero creer la del cafecito en Porto Alegre,
aunque me encantan las achuras.)

(SEGUNDA VERSIÓN: Cada vez que Homero Manzi iba a
comprar chinchulines y mollejas, en la carnicería lo atendía una
mina llamada Malena, que tenía la voz ronca porque fumaba todo el
día. Mientras comía un choripán, a Homero se le ocurrió dedicarle
un tango.)



Malena canta el
tango como ninguna
Y en cada verso pone su corazón;
A yuyo del
suburbio su voz perfuma,
Malena tiene penas de bandoneón.

Tal
vez, allá en la infancia, su voz de alondra
Tomó ese tono
oscuro del callejón
O acaso aquel romance que solo nombra
Cuando
se pone triste con el alcohol.
Malena canta el tango con voz de
sombra,
Malena tiene penas de bandoneón.

Tu canción tiene
el frío del último encuentro,
Tu canción se hace amarga en la
sal del recuerdo.
Yo no sé si tu voz es la flor de una pena,
Solo
sé que al rumor de tus tangos, Malena,
Te siento más buena, más
buena que yo.

Tus ojos son oscuros como el olvido,
Tus
labios apretados como el rencor,
Tus manos, dos palomas que
sienten frio,
Tus venas tienen sangre de bandoneón.

Tus
tangos son criaturas abandonadas
Que cruzan sobre el barro del
callejón
Cuando todas las puertas están cerradas
Y ladran los
fantasmas de la canción.

Malena canta el tango con voz
quebrada;
Malena tiene pena de bandoneón.


 

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