Carlos

En Febrero del 2008 yo trabajaba como Subsecretario
Económico Financiero en una Universidad, que venía cambiando seguido de
Secretario de Administración. Una tarde, estaba con el Rector y le dije que
todo estaba bastante bien, pero qué lástima que no encontráramos un buen
Secretario de Administración, alguno que se comprometiese con el laburo, que
“se pusiera la camiseta”.

 

– No te preocupes, Alejandro – me dijo el Rector -. Ya
tengo apalabrado a uno con el que seguro te vas a llevar bien.

 

Al poco tiempo se confirmó la noticia y el nombre: Carlos.
Comenzamos las averiguaciones y, desde 2 o 3 personas distintas (que no se
conocían), nos llegaba la misma información: “Es el mejor docente que tuve” o
“Todos los alumnos dicen que es el mejor docente que hay”. Sin conocerlo, ya
comenzó a caerme simpático. Si los estudiantes lo reconocían como el mejor, no
podía haber mentira en él.

 

A mediados de Febrero del 2008 comenzamos a trabajar
juntos, en la misma oficina, él y yo, de lunes a viernes, hasta el 17 de
Diciembre del 2009. Jamás discutimos ni siquiera un poquito, a pesar de que
estábamos en un punto clave de una organización totalmente enkilombada. Nos las
pasábamos resolviéndoles problemas a todo el mundo. Si alguna vez tuvimos una
diferencia de opinión, se debió a que él, en su ansia de trabajar, se ponía a
hacer cosas que yo hubiese podido hacer, para aliviar su trabajo (que era más
complicado que el mío, aunque ganábamos lo mismo.)

 

A veces llegué a hacer algo que pensaba imposible:
quedarme más tiempo en el trabajo. Nos quedábamos charlando de todos los
kilombos que teníamos o de algún disco pirata de los Rolling Stones.

 

Carlos en su juventud fue del partido comunista (de la FEDE.) Luego, la vida lo
llevó a un abanico de trabajos inimaginables: fue desde delegado gremial de la Unión Obrera Metalúrgica hasta
Gerente de Banco, pasando por infinidad de otros trabajos (la gente que iba
conociendo se lo llevaba siempre a mejores trabajos porque se daban cuenta que
hay pocas personas como él.)

 

Creo que haber trabajado en tantos lugares desarrolló un
poder especial en él: tenía una capacidad de percepción extraordinaria que le
permitía darse cuenta enseguida de cómo debía tratar a cada persona. Así
manejaba todo. A los pocos días que había empezado y observé cómo trabajaba, me
di cuenta que había que explicarle poco porque captaba todo rapidísimo. Le dije
a nuestra secretaria: “Con este tipo nos sacamos la grande”. Mi nivel de stress bajó mucho desde su llegada.

 

A pesar de que el trabajo era político, administrativo y
burocrático, Carlos posee conocimientos artísticos y culturales que me
asombraban. La tesis de su Maestría se llamaba algo así como: “La influencia de
la tecnología en la historia de la pintura”. Publicó un libro. Sabe mucho de
historia también, y siempre hablaba con referencias a episodios de la historia
mundial. Pero además es un gran conocedor de la historia del rock. Es de esos
tipos a los cuales los dueños de las disquerías de rarezas llamaban cuando
conseguían algo inconseguible, porque sabían que a él le iba a interesar. Hemos
hablado de muchos grupos de rock de los 60’ y los 70’ que solo debemos conocer él, yo y 10 tipos
más en Argentina. Como toda persona razonable, sabe que los Beatles son lo más
sagrado e indiscutible, pero a él le gusta Frank Zappa y Jethro Tull. En un
ejemplo concreto: si yo le hablaba de Raul Seixas, él tenía sus discos en
vinilo porque los había comprado en Bahía hace 20 años. Todo así. Todos los
días me asombraba con algo.

 

Sabe mucho sobre la buena literatura y el buen cine, pero
también sobre cosas más populares como los buenos vinos, o el fútbol (cuando
Bilardo jugaba, él iba a la cancha a putearlo.)

 

Otras de sus características: ama a los perros con locura,
tiene una nieta llamada África, tiene un hijo que vive en Alemania y es un DJ reconocido. Cambió muy poco los ideales de su juventud (su ex mujer, en cambio,
votó a Menem en el 95.) A veces se ponía medio loquito, cuando los kilombos
parecían írsenos de las manos, pero siempre lo piloteábamos bien. Vive en
Palermo, pero se venía todos los días a Luján y se quedaba hasta cualquier
hora.

 

Nos tocó irnos, pero nos fuimos con la frente alta, con la
satisfacción del deber cumplido, y sabiendo que dejamos un buen recuerdo en
todos los que trabajaron cerca nuestro.

 

Almorzábamos juntos todos los días, y a veces yo
pensaba: “Loco, Dios me debe querer a mí si me manda a un tipo tan genial al
lado”. No puede ser casualidad: algo mágico hubo en todo esto. Creo que nunca
volveré a tener una experiencia laboral tan positiva (por él y también por otra
gente.) Pero bueh… life goes on.

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