“El Más Cuerdo Es El Más Delirante”

Los cuerdos creen que los locos desperdician sus vidas. Los
locos no pierden tiempo pensando en lo que los cuerdos dicen de ellos.

 

Los locos aman a Maradona. Los cuerdos aman la seguridad y
a Juan Represión.

 

La vida suele cagar a cachetazos tanto a los cuerdos como
a los locos. A los locos les pega por meterse en proyectos más allá de sus
capacidades. A los cuerdos les pega por aburridos.

 

Los cuerdos tienen muchos refranes. Los locos dan vuelta los
refranes para ver qué pasa.

 

Los locos son soñadores (junto a John Lennon.) Por eso, si
logran llevar adelante sus proyectos, enseguida se inventan proyectos nuevos.  

 

Los cuerdos están locos y los locos están cuerdos.

 

 

Acá extraigo una parte de la novela Alexis Zorba de Nikos Kazantzakis.
En esta parte, el patrón (que relata el libro) había mandado a Zorba a comprar
herramientas a un lugar lejano. Pasaban los días y Zorba no llegaba, hasta que
recibió LA CARTA donde
Zorba explicaba que había pasado:

 

Tres días, cuatro días, cinco
días transcurrieron: ninguna noticia de Zorba.

El sexto, me llegó de Candía una
carta de varias páginas, un verdadero pastel. Venía escrita en papel rosa
perfumado y ostentaba en un ángulo un corazón atravesado por una flecha.

Lo conservé sin cuidado y lo
copio ahora sin alterar los giros amanerados que contenía en abundancia. Sólo
corregí las encantadoras faltas de ortografía, pues Zorba empuñaba la pluma
como si fuera un pico, golpeando con fuerza, razón por la cual el papel
aparecía desgarrado en varias partes o con grandes borrones de tinta.

 

“Querido patrón, señor
capitalista:

“Tomo la pluma para preguntarte
si gozas de buena salud. Nosotros aquí, también nos hallamos bien ¡gracias a
Dios!

“En lo que a mí respecta, hace
tiempo comprendí que no vine a este mundo como un caballo o un buey. Solamente
a los animales les está consentido que vivan para comer. Para evitar el
susodicho reproche, yo me forjo día y noche diferentes obligaciones, arriesgo
el pan por una idea, vuelvo del revés los refranes y me digo: Más vale cien
pájaros volando que uno en la mano.

“Muchos son patriotas sin que les
cueste. Yo no soy patriota, no lo soy aunque eso me perjudique. Muchos creen en
el Paraíso y permiten que sus asnos se metan en los feroces campos del cielo.
Yo no tengo asno, soy libre; no temo al infierno, donde mi asno moriría, ni
espero el Paraíso, donde se hartaría de trébol. Soy ignorante como una ostra;
no sé expresar las cosas; pero tú, patrón, me entiendes.

“Muchos han tenido miedo a la
vanidad de las cosas; yo he vencido el miedo. Muchos reflexionan; yo no tengo
necesidad de reflexionar. No me regocija el bien, ni me aflige el mal. (…)

“Para mí la mayor vergüenza es
confesar que estoy viejo y hago cuanto puedo por que nadie advierta que he
envejecido: salto, bailo; aunque me duelan los riñones, bailo. Bebo, aunque me
den vértigos y todo gire en torno a mí;

(…) (…) (…)

“Has de saber que el día que
abordé viento en popa el puerto de Candía era la hora indecisa del anochecer.
Corrí inmediatamente por las tiendas, más ya estaban todas cerradas. Me fui a
una posada, di de comer a la mula, comí yo, me lavé, encendí un cigarrillo y
salí a dar un paseo. No conocía a nadie en la ciudad, nadie me conocía a mí,
gozaba, pues, de entera libertad. Podía silbar en la calle, reír, hablar a
solas; (…) De pronto ¡loado sea Dios! oigo gritos, rumor de danzas, sonar de
tamboriles, canciones orientales. Paro las orejas y echo a correr hacia el
lugar de donde partían los rumores, sones y gritos. Era un café-concierto. Nada
podía serme más grato; entro. Me siento en una mesilla, bien adelante (…)

“Había allí una mujerona que
danzaba en el tablado, levantando y bajando las faldas; pero yo no le presté
mayor atención. Pedí una botella de cerveza, y he aquí que una pollita viene y
se sienta a mi lado, bonitilla, morenita, revocada como un albañil.

“‘Con tu permiso, abuelo’, me
dice riéndose.

“A mí me dio un vuelco en la
sangre; me entraron unas ganas locas de retorcerle el cuello ¡descarada!, pero
me contuve, movido por la lástima que me inspira la especie hembra, y llamé al
mozo:

“¡Dos botellas de champaña!

“(¡Perdóname, patrón! Me vi en la
necesidad de gastar un dinero que te pertenecía; pero la afrenta era de tal
magnitud que se imponía dejar a salvo nuestra honra, la tuya como la mía; era
menester que la mocosa se humillara y se pusiera de hinojos ante nosotros. Era
imperiosamente necesario. Y como yo sabía que no me hubieras abandonado allí,
indefenso, en el difícil trance, pues bien: ‘¡Dos de champaña, mozo!’)

(…)

Bebimos y volvimos a beber; sin
embargo, te juro, patrón, que no le puse las manos encima. Yo conozco el
asunto. Cuando joven, lo primero que hacía era manosearlas; ahora, en la vejez,
lo primero que hago es gastar, (…) Decía, pues, que yo derrochaba a más y mejor
¡bendito seas patrón, y Dios te lo devuelva centuplicado! Y la pícara allí
estaba. Se me acercaba muy mimosa, me apoya la rodillita en mis zancas; (…)

“El resto, ya lo supones.
Arreglamos nuestros asuntos. Y luego me quedé dormido. Desperté cerca del
mediodía (…)

“Para no incurrir en prolijidad
excesiva y no aturdirte con vano palabreo, te diré que el programa sigue
desarrollándose aún. Pero no te aflijas, pues también me ocupo de lo nuestro.
De vez en cuando echo un vistazo en las tiendas (…)

“Ayer hubo una fiesta en la
aldea, cerca de Candía; así me lleve el diablo si sé que santo se celebraba.
Lola – hombre, olvidé presentártela: se llama Lola – me dijo:

“- Abuelo (sigue llamándome
abuelo, aunque ahora con intención cariñosa), abuelo, querría ir a la fiesta.

“- Pues ve, abuela – le dije -,
¿quién te lo impide?

“- Sí, pero yo quiero ir contigo.

“- Yo no voy, no me gustan los
santos. Ve tú sola.

“- Pues entonces, no voy.

“Yo me quedé boquiabierto.

“- ¿Conque no vas? ¿Por qué? ¿No
quieres?

“- Si vienes conmigo, quiero. Si
no vienes, no quiero.

“- Pero, ¿por qué? ¿No eres una
persona libre?

“- No lo soy.

“- ¿No quieres ser libre?

“- ¡No lo quiero!

“A fe que me parecía que perdía
la cabeza.

“- ¿No quieres ser libre? –
exclamé.

“- ¡No, no quiero! ¡No quiero!
¡No quiero!

“Patrón, te escribo desde el
cuarto de Lola, en papel de Lola; por amor de Dios, te lo ruego, presta
atención. Yo tengo la convicción de que solamente aquél que quiere ser libre es
un ser humano. La mujer no quiere ser libre. Entonces ¿es la mujer un ser
humano?

(…)

“Yo, Alexis Zorba”

 

Cuando hube terminado la lectura
de la carta, quedé un buen rato indeciso. No sabía si enojarme, reírme o
admirar a este hombre primitivo que, rompiendo la corteza de la vida –lógica,
moral, honradez-, absorbe la sustancia.

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