De La Noche En Que Me Cagué A Puteadas Con El Irrespetuoso De Carlos Gardel

Mucha gente se pregunta quién es Francisco Varallo, aquel
goleador de Boca que, con 194 goles, solo fue superado por Martín Palermo. Yo
tuve el honor de conocerlo, y eso me llevó al deshonor de conocer a Carlos
Gardel.

 

Ocurrió a principios de la década del 30. Yo colaboraba
con la Tesorería
del Boca Juniors, justo en el momento en que el fútbol se profesionalizaba. Varallo
jugaba en Gimnasia Esgrima de la
Plata, y la había descocido en el Mundial del 30, donde
Argentina había sido subcampeón. Me fue encomendada la misión de traer a Pancho
Varallo a Boca. Viajé seguido a La
Plata, tratando de convencerlo, pero Varallo era inflexible. Ganaba
$ 30 por partido en Gimnasia y no se pensaba mover. Al principio le ofrecí $
800 por mes más $ 4.000 por el pase. Terminó aceptando por $ 10.000 por el
pase, más los $ 800 por mes, en virtud que “mis viejos no conocen los billetes
de 100”. Nos
hicimos amigos.

 

Sin ser demasiado talentoso, Varallo jugó toda la década
del 30 en Boca, gracias a su excelente puntería y su potencia para shotear. La
metía de todos lados, vistiendo la casaca número 9. Tenía un excelente pique corto, y
a veces usaba el truco del “perro rengo”, haciéndose el que estaba lesionado en
algunas pelotas para correr y marcar el gol cuando los defensores se confiaban
demasiado.

 

Nos hicimos tan amigos que Pancho solía invitarme a las
concentraciones, que se realizaban los sábados a la noche en distintos cabarets
de la calle Corrientes. Una noche, en 1935, nos encontramos en uno de esos
piringundines con Carlos Gardel, tomando champagne y rodeado de putas. Gardel
ya era una estrella internacional consagrada, que grababa incluso películas
para la Paramount,
y Pancho el goleador indiscutido del campeonato nacional. Se abrazaron y Gardel
se separó de sus putas para charlar un rato con nosotros. Nos contó que en esa
semana iba a grabar un nuevo tango, con letra de Alfredo Le Pera, llamado Volver, y hasta lo cantó un poquito:

 

Yo adivino el parpadeo
De las luces que a lo lejos
Van marcando mi retorno.

Son las mismas que alumbraron
Con sus pálidos reflejos
Hondas horas de dolor.

Y aunque no quise el regreso
Siempre se vuelve
Al primer amor.

 

Cantó el “Zorzal”,
a capella, para nosotros.

 

Enseguida me vi en la obligación de interrumpirlo. Como
fanático del tango, que se reunía los martes a la noche con sus amigos a
escuchar discos, además de escribir reseñas discográficas para un periódico de
mi barrio, no pude soportar unos versos tan estúpidos. Le dije:

 

– Discúlpeme, Don Carlos, pero me parece que está meando
fuera del tarro.

– ¿Cómo?

– Es una canción horrible, si su idea es hablar del
regreso a un amor. Permítame modificarla – le dije, y entoné unos versos más
acertados:

 

Yo
camino por los valles

Voy
pitando un pucho viejo

Recordando
tu mirada

 

Esos
ojos que me achuran

Desde
el maldito momento

En
que me viste partir

 

Pero
ha llegado el momento

En
que me veas

Tocar
tu puerta

 

¡Esos son los versos correctos para un tema que trata
sobre el regreso! – le dije, entusiasmado – Además, debe cambiar el ritmo,
estirando la última sílaba de cada estrofa, para que el tango quede más macho,
como nos gusta a los argentinos – le dije, convencido que había hallado los
versos adecuados (ustedes seguro coincidirán conmigo que yo tenía razón.)

– Bueno, gracias – me dijo Gardel -. No son malos, pero
vamos a grabar la versión escrita por Alfredo.

 

Me quedé boquiabierto. No podía creer lo que escuchaba. Carlos
Gardel, ese cantante mediocre, osaba rehusar mis versos. ¿Quién era ese estúpido
para rechazar mis consejos? Me puse como loco y comencé a gritarle, y él, que
estaba borracho por el champagne y sospecho que drogado con papusa, no se quedó
atrás y me insultó también. Le tiré una piña con la que solo conseguí despeinar
su ridícula cabellera engominada, hasta que nos separó Pancho Varallo. Mientras
me expulsaban del cabaret, le grité: “Si ni siquiera sos argentino, uruguayo
traga leche.” Me fui enojado por sentirme insultado y no haber podido coger.

 

Como sabrán, Gardel grabó Volver con la letra original, sin seguir mis consejos. Extrañamente,
esa porquería de tango se convirtió en un éxito fenomenal. Al mes siguiente, un
domingo, en el vestuario de Boca, Pancho Varallo me da un sobre diciéndome que
era de parte de Gardel. Lo abrí y leí:

 

“RAMPAZZI, VOS TAMBIÉN LA TENÉS ADENTRO. CHUPALA Y SEGUÍ
CHUPÁNDOLA”.

 

¿Pueden creer que un ídolo popular sea tan irrespetuoso
ante un ciudadano honesto y bien intencionado como yo? ¿Eso es un ídolo
popular? ¿Eso es un ejemplo? Me puse contento cuando al año siguiente murió en
un accidente aéreo en Colombia. Todo el país lloraba pero yo sabía que esa no
era una persona digna de llorar. Era un mamarracho que seguro iba a Colombia a
buscar droga.

 

El tiempo pasó. En 1949 tuve un episodio similar con otro adefesio
llamado Jorge Luis Borges. Pude acceder a un manuscrito de El Aleph, antes de su publicación, y enseguida le corregí errores
gramaticales e ideas absurdas. El inútil “escritor” consideró inapropiados mis
consejos, tratándome de ignorante. Me alegré cuando se quedó ciego. Se lo merecía.
Treinta años después, en 1979, accedí al demo de un grupo de rock. Un payaso
patético de bigote de dos colores, había escrito una canción sobre el suicidio
donde el protagonista se suicidaba con 3 tiros, BANG BANG BANG. Le dije que no
podía ser, que tenía que cambiar esa letra, que luego del primer tiro el
personaje ya estaría muerto y no podría efectuar los otros 2 tiros. No me hizo
caso.

 

¿Cómo no va a estar así este país con “ídolos” que no
hacen caso a las personas talentosas como yo?

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