Vos Sos De La B

 

En marzo de 1978 estaba listo para
empezar mi educación formal, aquella que me llevaría, 31 años después,
a todavía no saber qué carajo quiero hacer en la vida. Tenía guardapolvo blanco y
portafolio nuevo. En las primeras semanas las maestras decidieron evaluarnos
para conformar las divisiones. Los más piolas iban a ir a 1º A y los más
boluditos a 1º B. Para esto nos iban mezclando, nos hacían realizar tareas
similares al jardín de infantes, y preguntas capciosas con las que nos
evaluaban en secreto. Por ejemplo, a mi amigo Mario le preguntaron cómo se
llamaba su mamá.

– Nuchy – respondió Mario.

– ¡Al B! – le gritaron las
maestras, con la misma intensidad que los nazis mandaban a los judíos a las cámaras
de gas.

 

(Después de más de 30 años de amistad con Mario, todavía
no sé cuál es el verdadero nombre de su madre, y no estoy seguro que Mario lo
sepa.)

 

       A mí me
mandaron al B simplemente por boludo. No lo recuerdo bien, pero seguro que me
agarró una laguna cuando me hicieron una pregunta similar. Pero lo que pasó es
que era tan boludo, que me confundí y terminé en el A. Me recuerdo el día en
que las divisiones se separaron definitivamente: me quedé colgado y de repente
me di cuenta que no sabía cuál era el aula dónde tenía que entrar. Todos ya
estaban adentro, las puertas estaban cerradas, y yo tuve que hacer una especie
de TA-TE-TI para ver en cuál aula me mandaba, sabiendo que me iban a cagar a
pedos si me equivocaba. Era la primera vez que tenía que tomar una decisión
trascendental en la vida, y no había nadie para ayudarme. Entré al A, me senté,
y unos minutos después me di cuenta que me había equivocado. La maestra se dio
cuenta unas horas más tarde, mientras hacía la lista definitiva. Me cagó a
pedos, pero decidió dejarme definitivamente en el A, solo para evitar hacer más
papelerío.

 

       Sin embargo,
mi destino estaba en el B. Un grupo de madres del B, que se creían justicieras,
estaban indignadas por esta discriminación, y comenzaron a reunirse para elevar
quejas porque afirmaban que los B iban más atrasados. Los directivos les
juraban que no había ninguna discriminación, que los programas eran los mismos
para los dos cursos, y les pedían, con educación, que se dejen de romper las
bolas. Pero estas madres no tenían nada qué hacer (salvo ver películas) y
siguieron insistiendo por años. Con las bolas rotas, los directivos estuvieron
piolas y lograron una solución salomónica: a partir de cuarto grado, 4º A
pasaba a ser 4º B y viceversa. Las madres justicieras se quedaron tranquilas, y
a nosotros nos chupaba un huevo.

 

En 4º B estaba enamoradísimo de
una chica llamada Claudia, pero esa es otra historia que dejaré para cuando
escriba mi autobiografía, la cual tendrá por título Vida Intrascendente o Nací,
Viví, No Cambié Nada Y Me Morí.
Ahora no puedo porque ya no soy el chico
boludo que se confundía de aula, sino un boludo más grande que se tiene que ir
a correr, más teniendo en cuenta que ayer almorcé exclusivamente barritas de
colesterol bajo la forma de mollejas (comí tantas que no dejé lugar para la
carne, y mucho menos para la ensalada. ¡Pero qué ricas eran!)

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