Un Profesor Un Tanto Malvado

 
 

(Este cuento lo escribí en Junio de 1996. Al parecer, me aburría mucho mientras concurría a clases y pensaba historias de este estilo.)

 

Un Profesor Un Tanto Malvado

 

       Luego de tenernos 3 horas y media (sin descanso) haciendo ejercicios que nadie podía entender bien (por el cansancio que teníamos), el profesor Macaya decidió darnos las notas de la prueba escrita de la semana pasada. Leyó uno a uno todos los apellidos, acompañando a cada uno con la palabra “Desaprobado”. El asunto fue bastante indignante para todos. Enseguida, Martín Robledo, uno de los que más hablan, reaccionó.

– Es una vergüenza – dijo Martín, indignado -. Acá todos los chicos somos estudiosos. Nos va bien en las otras materias. No puede ser que ninguno haya aprobado.

– A mi también me daría vergüenza – contestó Macaya, con tono burlón -. No puedo creer las cosas que leí en sus exámenes. Es lógico que les de vergüenza. No saben nada, burritos.

       Antes de que Macaya termine esas frases, Antonio Palacios ya estaba sacando un tubo de luz fluorescente.

– Ehhh…. ¿qué hace, alumno? ¿qué está hacien…?

       El tubo se estrelló contra la sien de Macaya, produciendo un gran ruido a explosión. Todos gritamos de alegría. No hubo uno que dijese: “Ehhh… ¿no será mucho?”. No. La alegría fue generalizada. Creo que Martín cumplió con los deseos íntimos de todos.

       Algunos de los chicos comenzaron a saltar sobre el cuerpo ya muerto de Macaya. Lo pusieron boca arriba y saltaban sobre su panza. Fabián Rodriguez gritaba: “Nunca más nos va a molestar. Nunca más” mientras saltaba. Macaya parecía expeler las tripas por la boca. Laura Volante, estaba corrigiendo las notas de los exámenes, arreglándolos a su antojo. Ponía números al azar. Por ejemplo, a mi me puso un 8. Yo estaba tan contento por la muerte de Macaya que no podía hacer nada. Había quedado paralizado por la alegría.

       Por el alboroto, entró al aula el Director del Colegio. Él también se alegró al ver el cuerpo de Macaya muerto. Entre lágrimas de alegría, nos contó que la noche anterior, había dejado a su mujer luego de 25 años de matrimonio, al enterarse que esta le había sido infiel con Macaya. Nosotros le ahorramos el trabajo que él se iba a tomar ese día.

       Decidimos hacer una fiesta. Hicimos una ‘vaquita’ y fuimos a comprar facturas y gaseosas. El Director fue uno de los que más guita puso. Luego agarró otro tubo de luz, le bajó los pantalones al cadáver de Macaya, y comenzó a metérselo por el culo. Todos nos reímos.

       Otros profesores, enterados de nuestra fiesta con el Director, llamaron a la policía. Tres oficiales uniformados entraron al aula dos horas más tarde. Al ver el cadáver de Macaya no nos pidieron explicaciones. Lo empezaron a patear. Luego se engancharon a nuestra fiesta, yendo a comprar más gaseosas, y contándonos que Macaya había violado a la hija de uno de ellos, y lo estaban buscando desde hacía mucho tiempo (no sabían que era profesor en nuestra escuela).

       Luego apareció el padre Ramirez, nuestro profesor de religión. Cuando se enteró lo que le habíamos hecho a Macaya nos felicitó. Nos dijo: “Nos ahorraron un trabajo. Algún día, quizás, se enteren quién era Macaya”.

 

       Y entonces se abrió el piso del aula y vimos el infierno a miles de metros y una bola de fuego se acercó al salón y dijo: “Este es mi hijo amado a quien ustedes han matado” y lo tomó en sus brazos y lo besó varias veces y se lo llevó con él, y el piso volvió a la normalidad y todos nos preguntamos: “Entonces…. ¿el diablo es capaz de Amar? Y nosotros…. ¿Somos capaces de amar a nuestros enemigos?”.

 

12/06/96

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