“¿Adónde Jugaste Vos? ¿Adónde Jugaron?”

 
 

El Cabezón Gutierrez se acerca a los 40 años y siempre tuvo problemas de conducta. Para que se den una idea, hace poco le prohibieron la entrada al colegio de sus hijos. O sea: no expulsaron a sus hijos, lo expulsaron a él. Con el Cabezón Gutierrez es con quien no quieren tratar los directivos ni los maestros de la escuela. Con sus hijos está todo bien.

 

Cuando éramos chicos el Cabezón Gutierrez era peleador y ladrón. En sus peleas se destacaba por faltar a todos los códigos de los peleadores (era un peleador roñoso). Sus robos eran conocidos porque los efectuaba tanto a los desconocidos como a los conocidos. Era un cleptómano.

 

El sábado estaba en un bar lleno de chicas bien perfumadas con buenos escotes y disfrutables curvas. El Cabezón estaba de bermudas y ojotas y fuera de sus cabales. A cada chica que pasaba le decía algo muy de cerca (¡me imagino su aliento!) o directamente le tocaba el culo. Las chicas huían despavoridas. A los hombres, en cambio, les buscaba pelea. A cada uno que pasaba le decía: “¿Adónde jugaste vos?” (parece que el Cabezón está orgulloso porque alguna vez jugó en las inferiores de Boca) y cuando no pasaba nadie gritaba a los cuatro vientos: “¿Adónde jugaron ustedes?” Además, le dio por criticar las camisas de los que pasaban, con frases del tipo: “¿Te afanaste el mantel de tu casa?” (en esa tenía razón, era una camisa horrible.) Cada tanto paraba alguno para discutir con cara de malo, y los desprevenidos nunca entendían qué estaba pasando. Los amigos que lo rondaban estaban resignados: ya habían visto escenas similares decenas de veces, y sabían que siempre terminaban igual: piñas, caras y botellas rotas, denuncias policiales y la noche arruinada culpa del Cabezón Gutierrez. También sabían que cuando el Cabezón estaba en ese estado, no se puede hacer nada. No escuchaba a nadie porque estaba ocupado gritando: “¿Adónde jugaste vos? ¿Adónde jugaron?” y esperando que alguien lo mirase para darle una piña sin más motivo.

 

Al otro día el Cabezón Gutierrez se levantó y tenía leves flashes de lo que había pasado la noche anterior. Tenía una gran resaca y, para colmo, su mujer lo estaba cagando a pedos porque le había dicho que iba a comer un asado con los amigos y terminó volviendo a las 7 de la mañana.

 

El destino de la gente como el Cabezón Gutierrez es nunca morirse de viejos. Él va a morir en un accidente, o asesinado de un tiro, o quizás en una de sus peleas sin motivo donde alguien aún más estúpido que él le parta una botella de Quilmes de litro en la nuca. Entonces, su epitafio dirá: “El Cabezón Gutierrez: Jugó en las inferiores de Boca”. Y el Cabezón descansará en paz.

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