Un Pibe Deprimido

 
 
(Fragmento del capítulo 15 (¿Cómo No Sentirme Así?) de un libro llamado "Alfil" que terminé de escribir en 1998):
 

            Si yo hubiese sido una flor, el adjetivo marchitada me hubiese quedado corto. En ese momento mi filamento estaría pisoteado, mis pétalos arrancados, mi receptáculo muerto, mi sépalo destrozado, mi estigma arruinado, y mi olor sería parecido a la caca. Estaba mal, no daba más.

            La depresión era inmensa, tan grande como el universo, o quizás más. Y la noche me daba una sóla opción: me invitaba a caminar, a deambular por ahí, a pensar y a deprimirme más. Así que eso hice, con muchas ganas de llorar, pero sin largar lágrimas, como si mis ojos fuesen el desierto del Sahara o la vagina de una frígida. Mi parte positiva hablaba muy despacito, como susurrando, y en un momento creí escuchar que dijo: “No te preocupes. Probablemente ahora te la encuentres llorando, porque el pibe le pegó, y te abrace y te diga todo lo que te necesita”. Pero sabía que era mentira y que debía empezar a dejar de engañarme a mí mismo, que esos pensamientos, esa necesidad de aferrarme a una ilusión que me estaba destruyendo, acuchillándome en todas partes del cuerpo sin ningún tipo de piedad, no era conveniente para mí. Estaba enfermo y no existía cura, no había consuelo posible, ni el tiempo sería capaz de curarme. Podrían pasar muchos años (de hecho iban a hacerlo) pero jamás me hubiese podido curar. Estaba condenado.

            Y mientras en la calle en loca algarabía el Carnaval de Mundo pasaba y se reía. Gardel sabía interpretarme. Veía mucha gente contenta, paseando por la calle, andando en autos veloces y tocando bocinas. Me parecía que eran todos unos giles que creían que, como cambiaba el año, sus vidas iban a mejorar. Yo ya no creía en nada. Me sentía una basura alcoholizada que caminaba por Buenos Aires pero sin ir a ningún lado, sin rumbo; una basura que sólo buscaba caminar para deprimirse más, que le dolía todo el cuerpo, incluso hasta al respirar. Me sentía un parásito viviendo en un gran sorete enfermo, incapaz de controlar cualquier aspecto de la vida. De repente me sentí tan débil que creí que iba a caer en el medio de la calle, que iba a morir de pena, y esa idea me encantó. Quizás sea demasiado cobarde para suicidarme, pero la idea de morir en ese momento me causaba un deleite especial, la sensación que todo el peso que me estaba aplastando dejaría de hacerlo en el acto, como un tipo que lo están apuntando con una pistola en la sien y de repente se la sacan. Me sentía solo, más solo que el Llanero Solitario que por lo menos siempre estaba acompañado de Toro. Yo no tenía a nadie, aunque nadie hubiese podido sacarme mi depresión.

            Después, las ganas de pegarle piñas a los postes de luz, de hacerlos mierda pegándoles como si mis puños fueran hachas. Algo así necesitaba. O golpearme la cabeza contra una pared, eso quizás me hubiese puesto mejor. Pero no era lo que en realidad quería. Lo único que podía hacer era deprimirme porque mi sueño había sido destrozado. Le pegué una patada a una piedra gigante. Mis zapatillas nuevas no iban a durarme mucho, pero eso no me importaba.

            Las cañitas voladoras me irritaban en demasía. Estallaban por todas partes, saliendo de entre los edificios, y me enfermaba pensar que un chico podía estar tan feliz, prendiéndolas y alegrándose porque se perdían en un lugar lejano, mientras yo estaba a punto de morir. Consideraba absolutamente injusto el hecho de que yo estuviese tan mal mientras en toda la ciudad reinaba un espíritu festivo. Era mi cumpleaños y nadie me iba a decir Feliz Cumpleaños, y si alguien lo hubiese dicho hubiese sido una paradoja bastante grande, ya que por supuesto, este era el día más infeliz de mi vida (además de no ser mi verdadero cumpleaños). Infeliz cumpleaños. Deseé atarme a unas de esas cañitas y volar hasta el espacio y nunca más volver. Total… ¿a quién le iba a importar?

            Me cruzaba con personas sonrientes que dejaban de sonreír al pasar junto a mí, observando mi rostro desacoplado, mis ojos al rojo puro, mi andar furioso por la ciudad imbécil, la ciudad feliz que recibía un año, la ciudad donde se me había muerto aniquilado mi sueño, que ya estaba enterrado y sin posibilidad de resucitar. Deseé ser un gigante con un pie de diez kilómetros de largo y aplastar la ciudad de un pisotón, estrujarla hasta dejarla hecha polvo. O provocarle una gran lluvia de vómito, eso deseaba y me parecía una buena idea. Así de furioso estaba, y de estúpido porque: ¿qué tenían que ver los demás con mis sueños muertos? Nadie tenía la culpa, excepto yo. Yo era el boludo que me había creado ilusiones sin motivos. Mi desesperación, mi obsesión y mi deseo me habían hecho imaginar mundos felices. Y ahora me había golpeado muy fuerte. Me había enfrentado a la realidad y esta me había cagado a cachetazos.

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