La Vida En Módulo Disco

 
 

Hubo un tiempo, en la década del 90, en que mi vida financiera se dividía en múltiplos de 20, ya que $ 20 era el valor promedio de un disco compacto. Había algunos discos de menor precio, por ejemplo $ 14, pero en ese caso para mí valían $ 20 – $ 6 (o sea, me ahorraba $ 6 que servían para completar otro módulo disco.)

 

Los diálogos eran más o menos así:

 

Mamá: Te tenés que comprar una campera.

 

Yo: ¿Y cuándo puede valer?

 

Mamá: Y… no sé… $ 300.

 

Yo (pensando): “¿Esta que se fumó? Eso equivale a 15 discos. Prefiero un millón de veces cagarme de frío o andar con esta campera vieja y tener 15 discos más. ¡15 discos!”, reflexionaba yo mientras se me caían las babas en aquella desgraciada época en que no existía el Mp3 ni la grabadora de cd, y me imaginaba acariciando el booklet de un disco de Jimi Hendrix que siempre veía en Musimundo y nunca me decidía a comprar porque cada disco era comprado luego de un riguroso análisis de prioridades.

 

(Al final, me compraba una campera de $ 150, y 7,5 cds con lo que restaba.) (Ganaba $ 320, o sea 16 discos, y trataba de estirar mi sueldo para comprarme todos los discos posibles.)

 

Otro tipo de cálculo mental era:

 

Vaso de cerveza en el boliche: $ 3

Cerveza de ¾ en el Club Colón: $ 2 (equivale a 3 vasos)

 

Por eso, cada cerveza bebida en el Club Colón me hacía ahorrar $ 7 ((3 * 3) – 2) con respecto a si consumiese esa misma cantidad en el boliche. Por lo tanto ni se me ocurría beber en el boliche ya que cada 3 botellas tomadas en el Club Colón podía comprarme un disco y encima me sobraba un peso (1/20 módulo disco.) Emborracharse y aumentar la pila de cds era un negocio redondo. Beber en el boliche era una irresponsabilidad total para un enfermo de los discos.

 

Con los libros de la Universidad pasaba lo mismo. El profesor decía: “El libro vale $ 50, fotocopiado lo pueden conseguir por $ 10, pero les recomiendo que lo compren así van completando su biblioteca.” Y yo pensaba: “¡Minga! 50 – 10 = 40, o sea 2 módulo–discos”. Tenía una pila de fotocopias y la colección completa de los Beatles, incluyendo los Anthologys (también compraba libros, pero siempre libros copados.)

 

En 1996 me compré un auto, un Renault 6 llamado Cristina que me costó $ 2.300. Juro que mientras lo pagaba, mientras soltaba de mis manos los 23 billetes de $ 100, pensé: “Ahí van 115 discos” y dudé. En esa época era un experto en dividir por 20.

 

Recuerdo un día que gané más de $ 100 en un campeonato de truco, y me dije: “Esto lo reviento todo mañana.” Me fui a Musimundo y me compré el primero de Almendra, Jazz de Queen, una recopilación de Edith Piaf, Some Girls de los Rolling Stones y Another Side Of Bob Dylan. No me alcanzaban los oídos para escucharlos todos a la vez, y la alegría dentro de mi cuerpo era tanta que, si estallaba, iba a inundar de felicidad al mundo. Hoy, conseguir todos esos discos me insumirían 3 minutos de manejo del mouse y 3 horas hasta que bajen todos por el E–Mule. No me hace tan feliz porque ya me acostumbré, pero es mucho mejor.

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