Breve Autobiografía Mentirosa

 
 

    Nací el 16 de Enero de 1971. Por esos tiempos, mi papá tenía grandes problemas con el alcohol, por lo que no se acordó que debía anotarme en el registro civil. Nueve meses después, cuando fue a hacer el trámite, no recordaba la fecha exacta y me anotó como nacido el 11 de octubre. Cuando las chicas me preguntan de qué signo soy, les contesto: “Es una larga historia”.

 

    Aunque fui el tercer hijo de mi madre, ella aún no había aprendido cómo sostener a un bebé, ya que en esa época no había cursos de prenatalidad. Solía llevarme agarrado del pie izquierdo, sacudiéndome como si fuese una bolsa de los mandados. Eso produjo en mí una grave lesión en el pie que me impediría jugar al fútbol de manera decente, además de serios problemas cerebrales ya que mi sangre llegaba al cerebro como una coctelera, sin contar las dos o tres veces que me dio la cabeza contra la punta de la mesa o el piso.

 

    En el jardín de infantes tuve grandes problemas de conducta, y me tuvieron que cambiar a otro debido a que amenacé con un cuchillo Tramontina a la señorita el día que dijo que el dibujo de un compañero era más lindo que el mío. Lo más grave fue que llevé el cuchillo Tramontina desde mi casa, con el objeto de amenazar a la señorita (aunque, debo confesar, no pensaba asesinarla sino simplemente asustarla.) Con el tiempo advertí que ella tenía razón ya que el dibujo de mi compañero era mucho más lindo que el mío. Lo triste fue que me cambiaron a un jardín donde no había salita verde, y ese era el color de mi guardapolvo. Los chicos de la sala roja me apodaban “El Marciano” y eso desembocó en la muerte por acogotamiento de uno de mis compañeros, un gordito pelotudo, cuyos restos descansan hoy en el cementerio de Luján. Encima, su familia no pagaba el servicio funerario de la cooperativa eléctrica por lo que el velorio salió más caro que en la Funeraria Fisher.

 

    Empecé la primaria en un reformatorio, donde me reformaron a golpes y pastillas calmantes. Los días que no me pegaban, yo pedía igual las pastillas calmantes, entonces me pegaban por pedirlas y luego me daban los calmantes. Fue un período muy calmo que logró calmarme aniquilando mi sistema nervioso.

 

    A los diez años encontré, con dos chicos del reformatorio, algo que nos pareció un mapa de un tesoro. Cavamos donde nos indicaba la X y encontramos un cofre lleno de lingotes de oro. El Director del Reformatorio nos vio mientras lo sacábamos, nos cagó a patadas en el culo, y se quedó con el oro, dejándonos solo el cofre, que otro chico del reformatorio nos robó para poner su ropa sucia. Tres días después renunció a su cargo, y un mes después recibí una postal suya desde Miami. Volvió a Argentina 10 años después sin un mango, porque se gastó todo en putas y en cocaína en un típico caso de “¿Quién me quita lo bailado?” Yo pensé que tendría que haber ido a otro lugar donde las putas sean más lindas y baratas.

 

    El día que cumplí los doce años, luego de millones de análisis psicológicos, me enviaron de regreso a mi hogar. Mi papá nos había abandonado para irse con una chica que había conocido en Alcohólicos Anónimos. Mi mamá se había suicidado planchándose la cabeza. Fui a vivir con uno de mis hermanos mayores, que por esa época ya tenía más de 16 hijos de distintas parejas, a los cuales les daba la misma bola que me dio a mí. Uno de mis sobrinos gustaba de usar bombachas, y otra de mis sobrinas gustaba de usar calzoncillos. Así de rara era mi nueva familia.

El día antes de mi primer masturbación, varios extraterrestres vinieron a visitarme, y me llevaron a dar una vuelta en su nave espacial, que tenía una forma similar a un tubo de ensayo de más de 100 metros de longitud (lo recuerdo porque la nave llegaba hasta la otra cuadra.) Yo estaba muy emocionado, pero al entrar me di cuenta que no tenían ventanas, por lo que el paseo fue similar a dar una vuelta en ascensor. Lo bueno fue que me enseñaron grandes secretos para afrontar la vida, que ellos habían aprendido por estar más evolucionados que los terrestres. Entre ellos estaba una forma secreta de masturbarse (que pondría en práctica el día siguiente), una técnica para que no se te caigan gotitas de pis en el calzoncillo (que todavía utilizo aunque a veces me olvido) y una forma para hipnotizar a las mujeres para que siempre me digan que sí. Me pidieron que no abuse de los secretos que me enseñaron, además que no los divulgue. Les pregunté por qué yo había sido elegido, y me dijeron que había ganado un sorteo. Los extraterrestres eran parecidos a nosotros pero con 6 brazos cada uno, y más de 10 dedos en cada mano, sin embargo la técnica para la masturbación es muy útil y efectiva sin importar la cantidad de dedos que tengas.

A mis 18 años, había hipnotizado a tres chicas para que me digan que sí a todo: me hacían los deberes de la escuela, me hacían los mandados, me regalaban plata y satisfacían mi apetito sexual. Un día descubrí que las tres eran lesbianas entre ellas, y decidí hipnotizar a otras. Con el tiempo me arrepentí y volví a hipnotizar a las lesbianas.

 

    Alertado por la baja calidad de la educación en Argentina, decidí que mi carrera universitaria debía ser en otro país, por lo que elegí Java, decisión analizada con profundidad durante un partido de T.E.G. que duró más de seis horas. Tres años después me arrepentí de dicha decisión, debido a que tuve serios problemas con el idioma. Estaba en tercer año y todavía no sabía el nombre de la carrera, pero debía ser medicina o algo así ya que teníamos muchas clases prácticas con microscopios y tubos de ensayos. Como no entendía mucho lo que teníamos que hacer, usaba los microscopios para ver la tierra que tenía en las uñas. En Java nacieron mis dos primeros hijos, cuya madre optó por ponerles nombres inpronunciables. El otro día me mandó una foto de ellos por e-mail. No son muy lindos.

 

    Vuelto a la Argentina, a mediados de la década del 90, invertí mis ahorros en una cancha de paddle y me fue muy bien. Al poco tiempo tenía más de sesenta canchas en toda la provincia de Buenos Aires. La moda pasó y ahora las alquilo para pintores de murales que no tienen donde pintar. Ellos pintan mis canchas de paddle y luego se las vendemos a los turistas japoneses. Resultó ser un negoción. Gracias a eso conocí a mi actual esposa, la artista japonesa de vanguardia Koyo Noo, que en este momento me está gritando que deje de escribir pelotudeces en la computadora y vaya al supermercado. La voy a hipnotizar para que vaya ella y se deje de cocinar arroz y todas esas pelotudeces y me prepare matambrito de cerdo o algo rico.

 

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