La Colimba (A.K.A. “Perdí Los Dientes Y Me Dieron El D.A.F.”)

 

 

En 1989 me sortearon para cumplir con el servicio militar obligatorio, llamado popularmente la Colimba (Corre-Limpia-Barre.) La idea no me asustaba tanto porque ya me había resignado a que podía tocarme, ya había acondicionado mi mente, entonces decidí que si me tocaba la iba a hacer sin quejarme ni un poquito, a pesar de que en ese momento odiaba a los militares más que ahora. No me iba a quejar si la comida no me gustaba (lo cual seguramente pasaría el 99% de las veces), si me hacían bañar en 3 minutos con agua fría, si no tenía francos, si un superior me hacía hacer mil flexiones de brazos o correr toda la noche. Y mucho menos me iba a quejar si me rapaban el pelo (eso era lo más inevitable de todo.) Iba a hacer todo sin chistar porque sabía que no podía hacer nada contra eso (o lo que podía hacer, no me convencía) (Fito Páez se arrancó un par de dientes para zafar de la colimba, por ejemplo.) Pero por suerte zafé por número bajo. Me tocó el 200. Recuerdo estar en el salón de actos de la escuela, escuchando el sorteo con todos mis compañeros. Casi todos zafaron, menos dos. En aquella época ya no duraba un año, eran 3 o 4 meses nomás.

 

El Che Guevara zafó por asmático.

 

Las anécdotas de Charly García en la colimba son imperdibles, pero las voy a contar otro día.

 

Miguel Cantilo, en su hiper-recomendable libro “¡Chau Loco!”, cuenta algunos de los métodos que se usaban para zafar de la colimba en la década del 60:

 

“Estaban los que respiraban una barra de azufre antes del examen médico para provocarse un ataque de asma, y quienes se hacían pasar por paranoicos, homosexuales, o declaraban sin tapujos su adicción a todo tipo de drogas. Hasta había quienes tragaban corcho en pedacitos a sabiendas de que, en el estómago, este se nucleaba formando una mancha que la radiografía detectaba como ulcerosa.

“Era un campeonato de malestar auténticos o fabricados que podían significar un año, uno de los mejores de nuestra vida, los veinte abriles, encadenados a la servidumbre de un ejército prepotente o libres de su esclavitud. Para colmo, el país era gobernado por la dictadura militar, de modo que la conscripción constituía uno de los más preciados mecanismos para someter a la población desde temprano a sus malsanos caprichos.

“Yo me salvé de la colimba gracias al índice de Pinet, un promedio matemático de la caja torácita, la estatura y de peso, que arrojaba una cifra como resultado final y para cuya eficacia trabajé duro. Durante una semana me sometí a un ayuno ferviente, hasta alcanzar mi peso mínimo, sin improvisar ningún detalle, ya que previamente había acondicionado mi salud a tales instancias. De ese modo, los números cerraban a mi favor y, como solía decirse, “no me daba el pinet”. También intenté, como plan B, vender a los psicólogos un cuadro paranoico que resultó poco creíble, pero con la ayuda de una alergia de esfuerzo (plan C) –para cuya comprobación tuve que subir y bajar al trote largas escaleras hasta lograr el brote de un sarpullido –sumada a mi transfiguración en fakir, logré que me firmaran la libreta como D.A.F., deficiente aptitud física, y me despidieron despectivamente: ‘Se salva por débil’”

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