Otros Cafés De Nicanor

 

Hoy hablé por teléfono largo y tendido con mi amigo que vive en Barcelona y está esperando su segundo hijo. Allá eran las 12 de la noche, y él venía de un bar, de tomarse cinco “quintos” (que es como lo llaman a la botellita de cerveza de 1/5 litro) e invitar uno a un viejo muy hablador (“que se lo merecía”) que le contó que había sido “paracaidista en el Sahara” y que ya se estaba por ir pero decidió quedarse un rato más “cuando vi que entraste tú”. Mi amigo reflexionó sobre la cantidad de personajes parecidos que debe haber conocido Joaquín Sabina antes de poder escribir una canción tan buena como “El Café De Nicanor.”

 

También me contó que otro amigo, entre otras actividades, es DJ. Pero como mientras pasa discos también prepara paella, él lo bautizó DJ-PAELLA (así que si algún boludo googlea DJ-PAELLA, seguro va a caer en esta página que debe ser la primera que lo nombra.)

 

El Café De Nicanor (Joaquín Sabina)

 

La noche que Guillermina, no contenta con la patria potestad y el ático en Concha Espina, quiso el Volvo en propiedad, tirado en una cuneta me desperté a dos cuadras de El Café, con una maleta al hombro llena de escombros y un bollo de pan de ayer.

 

“Le hemos echado de menos”, me dijo el bueno del barman que me sirvió, vaso largo con limón, la misma copa de ron que, el lunes va a hacer un año, me dejé en el mostrador. Después de pagar dos rondas (tres contando la del baño) recuperé, entre la condesa y Julio, mi escaño de contertulio, mi carné de fundador de la mesa más redonda de El Café de Nicanor.

 

Estaban Gámez el astronauta, Gastón el flauta, Mari la tetas, el novillero poeta con su mujer, el pobre don Agapito y un camellito sin dientes paisano de un primo hermano de algún pariente lejano de Ana Belén. Asociado en sociedad con tales socios, se pueden imaginar que los amores van mal, la salud ni fu ni fa y no van bien los negocios.

 

Se nos sube a la cabeza la espuma de una tristeza crepuscular, el óxido de los días, las utopías con hielo, el azul galimatías del cielo según San Juan, un calcetín con tomate y el último disparate de Nicanor, que cuando le preguntaron si había estado enamorado, como es un hombre sincero, “yo, no señor” –contestó -. “Yo siempre fui camarero.”

 

Estaban Gámez el astronauta, Gastón el flauta, Mari la tetas, el novillero poeta con su mujer, el pobre don Agapito y un camellito sin dientes sobrino de un primo hermano de algún pariente asturiano de Victor Manuel. Asociado en sociedad con tales socios, se pueden imaginar que los amores van mal, la salud mejor ni hablar y no van bien los negocios.

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