El Juguete Rabioso

 

            Acá la última parte de una de las grandes novelas argentinas, El juguete rabioso de Roberto Arlt. Es la historia de un chico muy inteligente y muy sensible, y esta es la conversación final, cuando va a la casa de un tipo a contarle que un conocido de él pensaba robarle. Luego se ponen a hablar de la vida. Hace unos meses fui a un cumpleaños de 16 (!!!!!!!!!!!!) y una chica de 21 tenía este libro en su cartera. La sorprendí diciéndole que yo recordaba la última frase.

 

Una tristeza enorme pasó por mi vida. Más tarde recordaría siempre ese instante.

[…]

– No… ya sé lo que usted cree… pero escúcheme… yo no estoy loco. Hay una verdad, sí… y es que yo sé que siempre la vida va a ser extraordinariamente linda para mí. No sé si la gente sentirá la fuerza de la vida como la siento yo, pero en mí ya hay alegría, una especie de inconciencia llena de alegría.- Una súbita lucidez me permitía ahora discernir los móviles de mis acciones anteriores, y continué:

– Yo no soy un perverso, soy un curioso de esta fuerza enorme que está en mí…

– Siga, siga…

– Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y de que todo es nuevo, flamante, hermoso. Entonces abrazaría a la gente por la calle, me pararía en el medio de la vereda para decirles: ¿Pero ustedes por qué andan con esas caras tan tristes? Si la Vida es linda, linda… ¿no le parece a usted?

– Sí…

– Y saber que la vida es linda me alegra, parece que todo se llenara de flores… dan ganas de arrodillarse y darle las gracias a Dios, por habernos hecho nacer.

– ¿Y usted cree en Dios?

– Yo creo que Dios es la alegría de vivir. ¡Si usted supiera! A veces me parece que tengo un alma tan grande como la iglesia de Flores… y me dan ganas de reír, de salir a la calle y pegarle puñetazos amistosos a la gente…

– Siga…

– ¿No se aburre?

– No, siga.

– Lo que hay, es que esas cosas uno no las puede decir a la gente. Lo tomarían por loco. Y yo me digo: ¿qué hago de esta vida que hay en mí? Y me gustaría darla… regalarla… acercarme a las personas y decirles: ¡Ustedes tienen que ser alegres! ¿Saben? Tienen que jugar a los piratas… hacer ciudades de mármol… reírse… tirar fuegos artificiales.

Arsenio Vitri se levantó, y sonriendo dijo:

– Todo eso está muy bien, pero hay que trabajar. ¿En qué puedo serle útil?

Reflexioné un instante, luego:

– Vea; yo quisiera irme al Sur… al Neuquén… allá donde hay hielos y nubes… y grandes montañas… quisiera ver la montaña…

– Perfectamente; yo lo ayudaré y le conseguiré un puesto en Comodoro; pero ahora váyase porque tengo que trabajar. Le escribiré pronto… ¡Ah! Y no pierda su alegría; su alegría es muy linda…

Y su mano estrechó fuertemente la mía. Tropecé con una silla… y salí.

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