Dolina Va A La Rave!!!!!

 
Este es un impresionante cuento de Alejandro Dolina, de su libro "Bar Del Infierno" (2005) donde los "Hombres Sensibles De Flores" tienen una experiencia en una rave. Imperdible.
 
UN SALÓN DE BAILE
 
Cierta noche, Manuel Mandeb, el ruso Salzman y Jorge Allen se dejaron arrastrar por Marcelo de Bórtoli, un conductor de camionetas que –envalentonado por cuatro cañas- les prometió unas deliciosas aventuras.

Deambularon largas horas por patéticas confiterías, hasta que fueron a dar a un salón de baile de la más misteriosa índole. La música ensordecía. En verdad, se trataba de fuertes golpes de bombo, bajo las cuales sonaban arpegios electrónicos y tenues líneas de cuerdas simuladas. Las estructuras se repetían una y otra vez, como un tam tam, con un efecto hipnótico.

Centenares de personas se metían en las penumbras, mecánicamente. Los que no bailaban hacían, a intervalos regulares, unos gestos de asentimiento e incluso señalaban con el dedo al encargado de poner los discos. Este empleado ocupaba un lugar de privilegio, cuyo valor referencial era el de un escenario.

A pesar del aspecto poco hospitalario de aquellas instalaciones, los muchachos observaban con atención a algunas damas cuya disposición de ánimo se propusieron indagar. Expertos como eran en la realización de propuestas, completaron con la mayor ortodoxia las maniobras que son usuales. Pero las mujeres no les prestaban atención, ni siquiera los miraban. Permanecían firmes y lejanas en sus ejercicios rítmicos. Jorge Allen intentó unos abordajes directos, verbalizados, con preguntas concretas que exigían respuestas expresas. No consiguió nada.

Recorrieron el salón para ver si encontraban algún conocido, o -al menos- a alguien que les explicara las reglas que allí se seguían para la seducción perentoria. Nadie les dirigió la palabra. Ni siquiera los mozos, unos seres con aire de superioridad que estaban interesados en hacer patente la condición forastera de los hombre de Flores.

De Bórtoli les explico que todos allí consumían una droga, fuera de cuyos efectos era imposible ninguna clase de disfrute. Hizo notar, sin embargo, que se trataba de un narcótico peligroso que obligaba a las personas a una imperiosa actividad de la que se tardaba mucho en egresar.

A falta de otro solaz, se quedaron largo rato observando a la concurrencia. Jorge Allen estaba rigurosamente enamorado de los saltos de una morocha. Llegó a gritarle en el oído que estaba dispuesto a cualquier cosa, pero ella siguió saltando.

Casi al amanecer trataron de emborracharse, pero De Bórtoli les dijo que en aquel lugar solo servían agua mineral. Las sustancias que motorizaban a esa muchedumbre provocaban una deshidratación que debía remediarse tomando agua a cada momento. Las canillas en los baños estaban selladas para que los bailarines no tuvieran más remedio que pagar sus tragos.

Se hicieron las ocho de la mañana y después las nueve y las diez. Con súbita alarma, el ruso Salzman descubrió que algo estaba ocurriendo.

– ¿Por qué no nos fuimos todavía?

Jorge Allen trato de contestar pero, en cambio, apuntó su dedo hacia Saltzman y lo señaló rítmicamente. Mandeb miró un espejo y se vio a si mismo moviendo la cabeza. De Bórtoli había desaparecido. Después de una breve inspección, lo vieron en el medio de la pista, ya completamente integrado a la concurrencia, saltando y bebiendo agua. El ruso comprendió que era necesario reaccionar. Se subió a una mesa y se puso a gritar como un loco:

En la pampa legendaria
donde relincha el peludo
había una yegua muerta
con una flor en el culo

Se llenó la boca de agua y empezó a escupir chorros finitos en las cara de las personas. Después, vació una botella en el rostro de una rubia.

– Échenme –gritaba- ¡Échenme a patadas!

Nadie le prestó la más mínima atención. Saltzman se acercó a sus amigos.

– ¿Por qué no nos echan?

– Porque no hemos venido –contestó Allen- Corramos hasta la puerta ahora mismo, porque sino, permaneceremos aquí toda la vida.

A empujones, fueron acercándose a la salida. En el camino trataron de arrastrar a De Bórtoli pero el hombre ya no los escuchaba. Tuvieron que dejarlo en medio del gentío y no volvieron a verlo nunca más.

El sol brillaba en la vereda. Caminaron en silencio casi diez cuadras. Al llegar a una plaza, Salzman murmuró:

– ¡Qué lugar!

Y Mandeb respondió por lo bajo:

– Así son todos los lugares.

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