El Sol

 

El Dr. Morelle decidió suicidarse ante las constantes negativas a las propuestas indecorosas efectuadas a la Dra. Castex. Primero pensó en hacerlo de una forma que impactara a la Doctora, con la finalidad que ella no pudiera olvidarlo jamás y sufra el resto de su vida. Buscando posibilidades de suicidio, entendió que no sólo la doctora era culpable de su sufrimiento, sino que toda la sociedad lo había llevado a ese estado lamentable. Entonces se convenció que debía destruir a toda la humanidad. Sólo había una forma posible: destruir al sol.

 

            Los primeros experimentos fueron con mangueras gigantes y de una potencia inédita, que nunca llegaban a apagar al astro rey. Procedió entonces a realizar estudios sobre distancias y cantidad de litros de agua necesarios, hasta que luego de dos años desechó el método de la manguera por considerarlo impracticable. Más tarde vino un estúpido intento de techar el mundo. Pero la solución llegó durante una fiesta familiar, cuando observó a su sobrino apagar velitas de cumpleaños con un soplido. Comenzó entonces a realizar estudios sobre una especie de rayo láser de aire que iba retroalimentándose a sí mismo, en una forma similar a la energía atómica. Así, disparando un simple rifle de aire comprimido acondicionado a su invento, un simple pedacito de aire iría aumentando en tamaño y velocidad a medida que se iría acercando al sol, calculando el Dr. Morelle que la masa de aire sería 10,83 veces más grande que el sol cuando se encontraran, y llevaría consigo una velocidad de 204.566.324.647.846.329,27 kilómetros por hora (tuvo que sacar las cuentas a mano porque no le alcanzaban los dígitos de la calculadora.) O sea que el Dr. Morelle inventó la forma de apagar al sol con un súper soplido.

 

            El que hubiese sido el último día de la humanidad, el Dr. Morelle salió al patio de su casa con su rifle de aire comprimido láser, y apuntó al sol. Justo en el momento que iba a disparar sonó el timbre. El Doctor dejó el rifle y se fue a atender. Su sorpresa fue muy grande cuando se encontró a la Dra. Castex, quien le dijo: “Lo he pensado mejor y me di cuenta que te amo”. El Dr. Morelle guardó su rifle en el galpón, se echó dos polvos con la Dra. Castex, y se puso tan contento que se metió en otro proyecto faraónico: la creación de un segundo sol. “Con un segundo sol”, aseguraba, “podrá ser siempre de día, podríamos regular la temperatura, y las frutas y las plantas crecerían a un ritmo más acelerado.” Meses después abandonó el proyecto al darse cuenta que ya existía la luz eléctrica y el aire acondicionado, y que el estaba conforme con la calidad de las frutas que compraba en la verdulería de la esquina. Y además la Dra. Castex resultó ser una hinchapelotas que lo deprimió y ya no pudo inventar más nada.

 

            Lo bueno del sol es que es realmente de todos, salvo de los presos. Cualquiera puede verlo y sentirlo. Y ni siquiera los yanquis quieren apropiarse de él y cobrarnos algún canon por su uso. Permite vivir a Bush, a Osama, y a mí, sin hacer distinciones. El sol es Dios. Y el Dr. Morelle es un boludo.

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